LOS PRIMEROS POBLADORES DEL PERÚ

El desarrollo de los primeros grupos humanos que habitaron el Perú es uno de los temas más importantes de la arqueología mundial. En los Andes Centrales se desarrollaron civilizaciones reconocidas entre las más antiguas y originales del planeta. En este capítulo estudiaremos la génesis de la cultura andina, desde las huellas más remotas de los cazadores nómades, hasta el surgimiento de las primeras sociedades complejas de nuestra patria.

Los periodos arqueológicos más antiguos del Perú son: el Lítico y el Arcaico. El Periodo Lítico (15 000 a.C.-7 000 a.C. aprox.) es llamado también Pre-agrícola, pues sus grupos humanos representantes tenían una economía parasitaria o depredadora, desconocían las técnicas de producción agropecuaria, sus fuentes de alimentación provenían de la cacería, la recolección y la pesca. En el Periodo Arcaico (7 000 a.C.-2 000 a.C. aproximadamente) se inicia y se desarrolla la agricultura y la domesticación de animales. Este periodo se divide en Arcaico Inferior y Arcaico Superior.

Los principales arqueólogos llaman Arcaico Inferior o Temprano al periodo en que surgen las primeras aldeas de horticultores y pastores de camélidos; y Arcaico Superior o Tardío al periodo de la Revolución Agropecuaria en los Andes, caracterizado por la sedentarización de los pueblos de economía productiva, desarrollo de la arquitectura ceremonial, la especialización artesanal, el surgimiento de las clases sociales y el estado teocrático incipiente.

Muchos estudiosos actualmente engloban los periodos Lítico y Arcaico con el nombre de “Precerámico” (15 000 a.C.-2 000 a.C.). En palabras del arqueólogo Duccio Bonavia: “El periodo Precerámico va desde la llegada del hombre al continente sudamericano hasta el momento en que aparece la cerámica… (los grupos humanos) practicaron la caza y la recolección, luego pasaron a una agricultura incipiente y a sociedades organizadas que darían origen a la civilización andina” (1).

El advenimiento de las técnicas de cerámica en los Andes Centrales (2 000 a.C.) marca convencionalmente el final del Periodo Arcaico y el inicio del Periodo Formativo, donde se desarrollaron las Altas Culturas.

EL PERIODO LÍTICO

Hombres del periodo Lítico haciendo utensilios de piedra. Foto: Arturo Gómez.

El periodo Lítico del Perú
(13 000 a.C. – 7000 a.C. aprox.)
Ver resumen

Las primeras bandas de cazadores y recolectores nómadas llegaron a los Andes peruanos unos 13 mil años a.C., osea en los últimos tiempos del gélido periodo llamado Pleistoceno Tardío.Grandes áreas andinas estaban cubiertas por el hielo y el litoral peruano era más ancho que en la actualidad. Vivían grandes mamíferos adaptados a los fríos climas de la “era del hielo”, como los mastodontes, megaterios, gliptodontes, smilodontes y paleollamas.

Aunque ya se ha descartado la existencia del llamado "hombre de Paccaicasa", los arqueólogos han encontrado restos de habitantes del Pleistoceno Tardío como los hombres de Guitarrero I (Ancash) y de Uchkumachay (Junín) que preferían la recolección y la cacería de mamíferos como venados y camélidos.

Cueva de Guitarrero frente a la Cordillera Blanca en Ancash. 
Imagen: Municipalidad de Yungay.

En el 10000 a.C. el clima cambió bruscamente: el frío Pleistoceno dio paso al cálido Holoceno. Este cambio climático alteró la vegetación y afectó la supervivencia de la megafauna. Los mamíferos gigantes se extinguieron gradualmente, contribuyendo a esto la actividad predatoria de nuestros antepasados, los “cazadores indiferenciados”.

En esta etapa surgen importantes talleres donde se fabricaban armas y utensilios para diferentes actividades. La propagación de los cérvidos (tarukas) y los camélidos andinos (llamas, vicuñas y guanacos) incentivó la cacería de estos veloces animales. Para esto se requería instrumentos líticos de mejor calidad (puntas de lanza) que se fabricaban en talleres especiales; era la época de los “cazadores especializados”, donde destacan las tradiciones líticas de Paiján (en la costa norte) y Lauricocha (en la sierra central).

Puntas líticas del hombre de Paiján.
Foto: Arturo Gómez.

Las estrategias de supervivencia variaban según la geografía. Por ejemplo, en las mesetas altoandinas existían “campamentos estacionales” en áreas y temporadas de abundantes camélidos. Arqueólogos como Ramiro Matos y John Rick sostienen incluso que en las zonas altoandinas de Junín existieron, en pleno Periodo Lítico, “cazadores sedentarios” que vivían en “campamentos permanentes” por muchos años, aprovechando la abundancia de camélidos de la zona.

Mientras tanto, en la costa era muy importante la recolección de mariscos junto a la caza de venados. Diversos grupos humanos aprovechaban los abundantes recursos de las lomas en las temporadas de fuerte nubosidad costeña. El arqueólogo Edward Lanning propone que estos mismos grupos ascendían a los pisos ecológicos serranos para cazar y recolectar en los periodos de lluvia. Estos cazadores tenían sus itinerarios y seguían lo que Lanning denomina un modelo de “Transhumancia Estacional”.

Pintura rupestre del hombre de Lauricocha (Huánuco). 
Ilustración del MNAAHP. Foto: Arturo Gómez.

Merece mención aparte el arqueólogo Michael Moseley quien sostiene que los pescadores y cazadores costeños del Periodo Lítico no tenían la necesidad de seguir un patrón nómada pues la riqueza hidrobiológica de nuestro mar contribuyó a una temprana “sedentarización pre-agrícola”.

El arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras explica las características socio-económicas de la “comunidad primitiva” en el Perú: “El sistema de relaciones económicas y sociales era de tipo recíproco directo, que quiere decir que se basaba en la ayuda mutua directa entre cada una de los miembros de la banda, sin depender de intermediarios. No existía la propiedad individual de los bienes de subsistencia, dado que las presas de caza requerían casi siempre la participación de varios para lograrse y porque la adquisición de alimentos estaba de alguna manera abierta a todos. Los instrumentos de caza eran susceptibles de ser producidos por todos los miembros, dado que no requerían de ninguna especialidad. Dicho de otro modo, todos los que vivían juntos eran gentes de la misma clase, aun cuando tuvieron distintas actividades según sea su edad y sexo. La vivienda era colectiva, común; normalmente era un lugar abrigado, protegido de los rigores del clima, cercano a las zonas de caza o recolecta de plantas, cuevas, abrigos rocosos, etc.”

Campamento del Paleolítico peruano.
Foto: Arturo Gómez.

Sobre la organización social en el Periodo Lítico, se acepta generalmente que la unidad básica era la banda. Esta era conformada por un grupo variable de personas que convivía en una cueva o en un campamento. El promedio de personas por banda sería de 30 individuos; donde predominaban las mujeres y los niños. Es lógico suponer que en zonas o temporadas difíciles para la supervivencia el grupo desminuía en número, pero en tiempos de paz y abundancia, el mismo se incrementaba fuertemente.

Se considera que en las bandas paleolíticas era común que los varones se dedicaran a la caza, mientras las mujeres aportaban con la recolección de vegetales silvestres. A esto se denomina “división sexual del trabajo”. Los hombres jóvenes y fuertes se encargaban de cazar a las bestias, para conseguir carne, lana y huesos. La gran tarea de cuidar directamente de los bebes y niños estuvo en manos de las mujeres, quienes muchas veces salían a buscar los frutos acompañados de los menores.

Copia de las pinturas de la cueva de Toquepala. Dibujo: Pedro Rojas Ponce.

Ambas actividades -caza y recolección- eran fundamentales para la supervivencia de la banda y lo más probable es que la llamada división sexual del trabajo no fue excluyente: hombres y mujeres participaban de las diferentes faenas según las condiciones geográficas y necesidades del grupo. Los bienes obtenidos eran distribuidos de acuerdo a las necesidades inmediatas del colectivo. Quien dirigía a una banda era el hombre más fuerte y experimentado, el mismo que gozaría de algunos privilegios ligados a su responsabilidad en el grupo.

Es de suponer que las bandas eran endogámicas; es decir, que la reproducción se daba solamente entre los integrantes de una; sin embargo, esto sólo debió cumplirse en los grupos menores, típicamente nómades y más remotos. En el caso de los grupos cazadores y pescadores sedentarios y de creciente población (estudiados por Rick y Moseley, respectivamente) es probable que se haya practicado la exogamia, sobretodo entre las poblaciones que necesitaban complementar sus recursos a través del intercambio y protegerlos mediante alianzas.

También lee: 

¿EL HOMBRE DE PACAICASA?

Cueva de Piquimachay del distrito de Paccaicasa, Ayacucho. 
Foto: Arturo Gómez

¿Existió "hombre de Paccaicasa"?

En 1969 un equipo dirigido por Richard Mac Neish inició estudios arqueológicos en el distrito de Paccaicasa (Ayacucho). Fue en la cueva de Piquimachay donde encontró huesos de un megaterio (oso perezoso gigante) y varias piedras que creyó eran artefactos líticos muy toscos. Mac Neish los ubicó en la llamada Fase Paccaicasa (18 000 a.C.).

Según Mac Neish hace 20 000 años habitaron esta zona bandas de cazadores nómadas con una industria lítica incipiente. Sin embargo, muchos arqueólogos (Thomas Lynch, Augusto Cardich, Daniela Lavallée, Duccio Bonavia, y Jaoquín Narváez, entre otros) han descartado la existencia del llamado "Hombre de Paccaicasa". Se demostró que el magaterio murió de forma natural y que los supuestos “instrumentos líticos” que encontró Mac Neish son sólo rocas desgajadas de la misma cueva por un movimiento sísmico.

En la actualidad hay algunos arqueólogos (por ejemplo Lavallée) que reconocen la Fase Ayacucho (12000 años a.C. aprox.) del Complejo Paccaicasa. Sin embargo, muchos otros (por ejemplo Lynch, Cárdich, Narváez) rechazan también esta probable ocupación argumentando que los instrumentos líticos encontrados en este estrato pertenecen a pobladores de fases posteriores. Para estos especialistas el hábitante más antiguo del Perú es el hombre de Guitarrero I (13000 años a.C. aprox.)

EL HOMBRE DE TOQUEPALA

Hombres haciendo rituales en la cueva de Toquepala. Dibujo: Juan Acevedo.

El hombre de Toquepala

El hombre de Toquepala es considerado el pintor rupestre más antiguo y famoso del Perú. La "Cueva del Diablo" donde se hallaron sus pinturas es considerada la “Pinacoteca paleolítica más importante del Perú”. Fue explorada inicialmente por Miomir Bojovich, y estudiada cuidadosamente por los arqueólogos Emilio González y Jorge Muelle.

Las pinturas muestran escenas de cacería (“chaku”) de guanacos, así como importante instrumental lítico con un fechado de aproximado de 7600 a.C. Algunos arqueólogos sugieren que en este lugar se realizaron rituales propiciatorios de la cacería, típicos del pensamiento mágico de los cazadores del paleolítico en distintas partes del mundo.

Pinturas de la cueva de Toquepala. Dibujo: Pedro Rojas Ponce.

EL HOMBRE DE LAURICOCHA

Pintura rupestre en una cueva de Lauricocha.
Imagen: Augusto Cárdich.

El hombre de Lauricocha

El hombre de Lauricocha vivió en varias cuevas de la sierra de Huánuco, que fueron descubiertas y estudiadas por el ingeniero peruano Augusto Cardich entre 1958 y 1960. Estos antiguos cazadores de camélidos y cérvidos andinos nos dejaron muchos proyectiles líticos parecidos a los del hombre de Ayampitín (Argentina), lo que sugiere que formaron parte de una gran tradición lítica de cazadores avanzados de la cordillera andina.

Sin embargo, lo más relevante es el descubrimiento de 11 esqueletos humanos de cráneos dolicocéfalos (alargados). Los restos óseos se ubicaron incompletos, al parecer mutilados intencionalmente. Estos restos arqueológicos tienen una antigüedad máxima de 7 500 años a.C. Es famoso el “Entierro Nº 6” con un individuo que presentaba deformación craneana artificial del tipo tabular erecta. Estas inhumaciones permitieron la conservación de los primeros esqueletos de cazadores del Periodo Lítico encontrados en el Perú. También destacan los tres niños cuidadosamente enterrados en medio de un misterioso ritual funerario. Recibieron ofrendas como collares y chaquiras de hueso y turquesas, rodeados de piedras calientes y cubiertos por tierra de color ocre rojizo.

En la cueva de Chaclaragra, en Lauricocha, se puede observar interesantes pinturas rupestres que representan una fila de camélidos acosados por ambos extremos por cazadores que llevan lanzas. Dos de las vicuñas han sido heridas y llevan las lanzas incrustadas en su cuerpo.

Puntas líticas del hombre de Lauricocha.
Dibujo: Roger Ravines.

EL HOMBRE DE CHIVATEROS

Los hombres de Chivateros fabricando utensilos de piedra. Diorama del Museo de Ancón. Foto: Arturo Gómez.

El hombre de Chivateros

La existencia de los hombres de Chivateros fue descubierta por el arqueólogo Edward Lanning en 1960 al investigar un yacimiento arqueológico ubicado en la desembocadura del río Chillón, en Lima. Aquí halló cientos de utensilios líticos de diferentes formas y calidades, junto a abundante material pétreo descartado. Lanning consideró que en la zona funcionó un “taller lítico”, y basándose en la forma y calidad de los instrumentos dividió el complejo en cuatro fases: Zona roja, Oquendo, Chivateros I y Chivateros II. Los restos más antiguos de este yacimiento tendrían una antigüedad de 10 000 años a.C. y los más recientes unos 7 000 a.C.

El Complejo Chivateros se ubica en una cantera de cuarcita y según los indicios en la zona se preparaban solamente las “pre-formas” que se perfeccionaban en otras áreas. Los utensilios líticos eran trabajados con la técnica de percusión y en sus fases iniciales elaboraban, principalmente, raspadores unifaciales; en las más recientes se elaboraban puntas de lanza bifaciales alargadas en forma de hojas.

Los habitantes del Río Chillón vivieron en los inicios del Periodo Holoceno caracterizado por el retroceso de los hielos, la extinción de la megafauna y la abundancia de camélidos, zorros y venados veloces que abundaban en las lomas cercanas. Las puntas de lanza bifaciales de la fase Chivateros II fueron eficaces en la cacería de estos animales. La dieta de estos habitantes se complementaba con la recolección de vegetales y animales marinos, sobre todo peces y mariscos.

EL HOMBRE DE PAIJÁN

Los hombres de Paiján fueron grandes cazadores. Diorama del Museo de Ancón. Foto: Arturo Gómez.

El hombre de Paiján

En la Pampa de los Fósiles (Pacasmayo-La Libertad), Rafael Larco Hoyle descubrió en 1948 un complejo lítico donde destacan las puntas de proyectil delgadas con pedúnculo. Estos instrumentos de 12 a 15 cms. de largo fueron utilizados por pescadores y cazadores del Holoceno Temprano.

El arqueólogo Luis G. Lumbreras sostiene que este complejo forma parte de una gran tradición lítica que es llamada “Paijanense”. Forman parte de esta tradición sitios arqueológicos como: El Inga (Ecuador), La Luz-Ancón (Lima), y Paiján (La Libertad). En el Paijanense predominaron puntas pedunculadas bifaciales de alta calidad así como cuchillos y raederas unifaciales.

En 1975 Claude Chauchat descubrió en la zona dos entierros de suma importancia. Un adolescente y una mujer adulta fueron inhumados, hace diez mil años, con las extremidades flexionadas y recostadas sobre una capa de ceniza. Estos entierros son considerados los más antiguos del Perú, pues sus fechados alcanzan hasta 8 000 años a.n.e. Los grupos humanos de Paiján se alimentaban, principalmente, de peces y mariscos del litoral liberteño. También de cérvidos, aves, cañanes y vegetales silvestres del valle de Chicama.

EL HOMBRE DE LA CUMBRE

Es un importante sitio arqueológico ubicado en la costa norte de la región La Libertad. Aquí el arqueólogo Paul Ossa descubrió cerca de 4500 utensilios, entre puntas de proyectil, raspadores y cuchillos. Sobresalen las puntas “cola de pescado” que se asemejan a otras encontradas en Panamá (Lago Madden), Ecuador (El Inga) y Chile (Cueva Fell). Esto indicaría que la tradición lítica “cola de pescado” se habría propagado entre los cazadores del occidente sudamericano inmediatamente después de la Tradición Paijanense, es decir en el séptimo milenio antes de nuestra era.

EL HOMBRE DE SICHES

Al norte del río Chira en Piura, el arqueólogo James Richardson descubrió y estudió diversos sitios líticos que se agrupan con el nombre de Complejo Siches y que datan del octavo milenio antes de nuestra era. En este yacimiento arqueológico destacan los cuchillos unifaciales y las hachas pulidas. En la dieta básica de estos remotos habitantes piuranos predominaron los recursos marinos y los vegetales silvestres que recolectaban de los manglares cercanos.

EL PERIODO ARCAICO

Es el periodo en que el hombre andino empezó a abandonar progresivamente su economía depredadora para reemplazarla por una economía de producción de cultígenos y de pastoreo de camélidos. Estos avances permitieron el crecimiento demográfico, la sedentarización, la especialización artesanal y las primeras formas de estratificación social que caracterizaron la Revolución Agropecuaria en los Andes Centrales.
Diversos grupos humanos, desde el séptimo milenio antes de nuestra era, experimentaron el tránsito de la vida cazadora y recolectora predominantemente nómade hacia una economía de producción agrícola y pastoril. El transito de viejas formas económicas hacia una nueva, impulsó la creación de instrumentos y técnicas que ampliaron las fuerzas productivas y aceleraron la sedentarización. Se produjo un gran crecimiento demográfico, lo que agudizó la crisis en las relaciones sociales y el desarrollo de complejas formas de control, aprovechamiento y especialización de la fuerza de trabajo, todo esto característico de la llamada Revolución Agropecuaria, que en los Andes Centrales, corresponde al Periodo Arcaico Tardío.

Los arqueólogos Ramiro Matos y Róger Ravines sostienen que en este proceso “las nuevas formas de producción exigen necesariamente un cambio en el manejo económico. La población aumenta y las necesidades igualmente. La economía de caza y recolecta era ya insuficiente para satisfacer la demanda, fue entonces conveniente asumir nuevas formas económico-sociales. Esta transición de una economía extractiva, muchas veces depredadora, de caza y recolecta, hacia una productiva, de subsistencia, racional y controlada, es lo que caracteriza al periodo Arcaico".

A nivel social el Periodo Arcaico se caracteriza por el surgimiento de las primeras tribus. Algunos grupos humanos que se fueron especializando (pastores, horticultores, pescadores) y que incrementaron fuertemente su población debieron complementar sus recursos a través del intercambio y protegerlos mediante alianzas. Las antiguas bandas cedieron lugar al surgimiento de las tribus. Fue la necesidad de formar una comunidad grande y fuerte. Esto aseguraba protección y bienestar; además una gran ventaja sobre las pequeñas bandas nómades que competían por los recursos.

Las tribus son grupos relativamente amplios de gente ligada por vínculos de parentesco y congregadas en un mismo territorio. La necesidad de producir los alimentos agropecuarios y defender sus excedentes, condicionó el forjamiento de grupos humanos cada vez más amplios y estables. La vida en las aldeas agrícolas y pastoriles se fue organizando en torno a lazos de consaguinidad y de territorialidad, vínculos básicos que aseguraban la cohesión, defensa y bienestar del grupo.

En las nuevas condiciones de convivencia los miembros que poseían más conocimientos agrícolas y ganaderos fueron reconocidos como jefes o patriarcas, con experiencia y sabiduría para dirigir, normar y arbitrar en la vida económica y social de la aldea. El surgimiento de las tribus debió ser paralelo al surgimiento de las familias nucleares, donde un aldeano es responsable de su mujer e hijos. El jefe y la comunidad le asignan una parcela de suelo cultivable y se van estableciendo relaciones de reciprocidad y redistribución cada vez más complejas. Esto debió cumplirse en las comunidades que alcanzaron mayor desarrollo agropecuario y excedentes productivos.

Aunque es difícil determinar la evolución social de los primeros aldeanos, se puede especular en base a los estudios antropológicos. Muchas tribus comenzaron a competir por los pastos y los escasos suelos fértiles. Algunas de ellas en lugar de luchar se debieron unir y fundirse para formar los primeros clanes, que en el Perú llamamos ayllus.

Para el antropólogo Fernando Silva Santisteban el clan es un grupo de personas asociadas que viven en comunidad y que se consideran parientes, pues descienden de una pareja sagrada; sin embargo, no pueden reconstruir con precisión esa genealogía. Es ahí que entre las creencias de sus miembros se incluye uno o más relatos míticos que explican simbólicamente el origen del clan. Los mitos dieron cohesión al clan o ayllu, hicieron más llevadera la vida en comunidad al justificar los mecanismos de reciprocidad y redistribución con supuestos mandatos divinos.

Siguiendo al arqueólogo Luis G. Lumbreras, el Arcaico es dividido en dos etapas: Arcaico Inferior (o Temprano), de los agricultores incipientes, y el Arcaico Superior (o Tardío), de los agricultores sedentarios con algodón. Cada periodo tiene sus propias características y logros alcanzados por nuestros antepasados, los mismos que pasamos a estudiar inmediatamente.

EL ARCAICO INFERIOR O TEMPRANO

Recreación de una aldea costeña del Arcaico Temprano (4000 a.C. aprox.). Fotógrafo: Arturo Gómez.

El Arcaico Inferior o Temprano
(7000 a.C. - 4000 a.C. aprox.)
Ver resumen

Al comenzar el Holoceno, los drásticos cambios climáticos ocasionaron una crisis en la economía depredadora del Periodo Lítico. Esto hizo necesario que los antiguos peruanos dejen gradualmente sus formas parasitarias de subsistencia para desarrollar las primeras formas de producción de alimentos (horticultura y pastoreo), gracias a sus conocimientos milenarios sobre la vida y reproducción de plantas y animales adquiridos durante el Periodo Lítico.

En la sierra central y nor-central la flora y la fauna fue disminuyendo, obligando a que especies como los venados (tarukas) y guanacos emigraran a los Andes del Sur. Los antiguos recolectores y cazadores se vieron obligados a buscar nuevas estrategias de supervivencia.

Este difícil reto fue afrontado por nuestros antepasados ingresando a un proceso de experimentación que desembocó en el desarrollo de una incipiente agricultura de huerto y la domesticación de camélidos como la llama y la alpaca.

El arqueólogo Kauffman Doig explica que “en un principio ante la precariedad de la caza y la pesca fluvial acostumbradas, debió intensificarse el patrón de acopio de vegetales comestibles, buscándose nuevas variedades y experimentándose diversas formas de aprovechamiento que luego derivarían en formas de cultivo elementales, estas últimas, a lo largo de milenios, fueron adquiriendo complejidad, con la invención de técnicas agrarias, la domesticación de un creciente número de cultígenos y la adopción de patrones culturales sedentarios más avanzados”

En el litoral peruano, principalmente en la costa central, los habitantes reforzaron sus formas de vida basadas en la pesca intensiva, la recolección de mariscos, la cacería de aves guaneras y de lobos marinos. Así, la riqueza biológica de nuestro litoral hizo posible el asentamiento de las primeras aldeas de pobladores rumbo a la sedentarización. Adicionalmente, estos grupos complementaban su dieta con el desarrollo de la horticultura de frijoles, pallares y calabazas.

También lee:

EL HOMBRE DE GUITARRERO

Hombres de Guitarrero I.
Dibujo: Juan Acevedo.

Los hombres de Guitarrero I y II

Guitarrero es una famosa cueva en Yungay (Callejón de Huaylas, región Ancash) donde el arqueólogo estadounidense Thomas Lynch descubrió dos estratros de presencia humana de la etapa precerámica peruana.

Guitarrero I
El estrato más profundo es denominado Guitarrero I y sus restos arqueológicos tienen una antigüedad 13000 años a.C. aproximadamente (Periodo Lítico o Pre-agrícola). Aquí se descubrió evidencias de fogatas e instrumentos líticos como chancadores, martillos de piedra, una punta lanceolada y un pequeño cuchillo bifacial. El fechado obtenido mediante el Carbono 14 convierte al "Hombre de Guitarrero I" en "el habitante más antiguo del Perú" hasta hoy conocido y confirmado.

Cueva de Guitarrero frente a la Cordillera Blanca (Ancash).
 Imagen: Municipalidad de Yungay.

Guitarrero II
El siguiente estrato es llamado Guitarrero II y corresponde a habitantes que conocían la horticultura y cultivaron frijoles unos 3000 años a.C. (Periodo Arcaico). Además a esta ocupación pertenecen fogatas y numerosos artefactos de madera, hueso, astas, cordeles y tejidos de fibras vegetales. También puntas líticas lanceoladas, una piedra para moler y numerosos raspadores.

EL HOMBRE DE TELARMACHAY

Una llama en el Museo de sitio de la Huaca Puqllana (Lima).
Foto: Arturo Gómez.

El hombre de Telarmachay

El hombre de Telarmachay es considerado el primer pastor de camélidos del Perú y América. En la cueva de Telarmachay de San Pedro de Cajas, región Junín, la arqueóloga francesa Daniele Lavallèe ubicó en 1974 abundantes restos óseos y coprolitos (excrementos) de camélidos domesticados, adultos y tiernos, lo que demostró que estos animales ya convivían con el hombre.

El pastoreo de camélidos se extendió por las punas altoandinas de Pasco, Huánuco y Ancash. Los habitantes que desarrollaron el pastoreo de llamas y alpacas se aseguraron, carne, lanas y huesos para la fabricación de instrumentos diversos. Además, fue muy importante el uso de las llamas como bestias de carga, para el traslado de productos a pisos ecológicos más bajos. Las relaciones de intercambio con pueblos de los valles contribuyó al enriquecimiento cultural de los hombres andinos.

También se descubrieron en Telarmachay, antiguos hornos, tipo fogones donde empleaban piedras calientes así como fragmentos de carbón. Son las remotas evidencias del uso de las famosas pachamancas.

EL HOMBRE DE TRES VENTANAS

Cueva de las 3 Ventanas, cerca del pueblo de Escomarca (Lima). Foto: Raúl Z. en worldisround

La caverna de Tres Ventanas fue ubicada y estudiada por el arqueólogo Federico Éngel en Huarochirí, sierra de Lima. Aquí, Éngel encontró abundantes utensilios líticos y algunos esqueletos humanos. Sin embargo, la importancia de este lugar se debe más al descubrimiento de camotes, ollucos y calabazas domesticadas. En el Arcaico Temprano, los habitantes de las alturas de Lima eran horticultores que abandonaban lentamente sus antiguas prácticas de subsistencia parasitaria.

EL HOMBRE DE JAYHUAMACHAY

El hombre de Jayhuamachay

Jayhuamachay o Jaywamachay es el nombre de una cueva ayacuchana ubicada a 16 kilómetros de la ciudad de Huamanga. Según Richard Mac Neish, fue utilizada por antiguos criadores de llamas durante el Arcaico Temprano. En este sitio arqueológico se encontró restos óseos de llamas, así como una gruesa capa de coprolitos, que hicieron suponer a su descubridor que la caverna fue utilizada como corral de pastores de camélidos andinos. En la actualidad, esto está desestimado.

Para Mac Neish, el hombre de Jayhuamachay también fue horticultor, por los restos de achiote que fueron encontrados en sus estratos.

EL HOMBRE DE PIQUIMACHAY

Piquimachay es una famosa cueva ubicada a 12 kilómetros al norte de la ciudad de Ayacucho, que según Richard Mac Neish sirvió de criadero de cuyes unos 5000 años a.C. Así lo evidenciarían los coprolitos, huesos y restos de corralillos con fogones que encontraron en su interior. El hombre de Piquimachay también habría sido un horticultor que practicaba el cultivo de la quinua y la calabaza.

EL HOMBRE DE SANTO DOMINGO

Reconstrucción hipotética de una aldea de Santo Domingo y de dos formas posibles de viviendas. Fuente: Santiago Agurto

El hombre de Santo Domingo

Santo Domingo es una pampa cercana a la península de Paracas, en la región Ica. Aquí el arqueólogo Federico Éngel ubicó restos humanos envueltos en cestos junto a restos de pallares, frijoles y calabazas domesticadas. Asimismo, encontró restos de una antigua red de pescar y una flauta de hueso. La antigüedad aproximada de estos restos es de 6800 a.C.

Los hombres de Santo Domingo eran aldeanos de economía mixta. Construían chozas de troncos, carrizo, huesos de ballena y paja. Además de los cultígenos mencionados aprovechaban los recursos hidrobiológicos de litoral. Parte de su dieta lo conformaban los pescados, cangrejos, mejillones (choros), aves y lobos marinos.

Muy cerca de Santo Domingo, en Paracas, Éngel descubrió el “osario” de Cabeza Larga con restos humanos incompletos de hasta 60 individuos colocados entre capas de esteras y pieles de animales.

EL HOMBRE DE CHILCA

Reconstrucción de una vivienda de la aldea de Chilca.

El hombre de Chilca

Chilca se ubica al sur de Lima. Aquí el arqueólogo francés Federico Éngel encontró restos de aldeas de horticultores y marisqueros conformadas por 100 familias aproximadamente. Las aldeas estaban formadas por chozas cónicas de base circular, hechas a bases de cañas amarradas con sogas de junco. La antigüedad de los restos es de 4000 años a.C. aproximadamente y pertenecen al periodo Arcaico Temprano.

Sus habitantes se alimentaban de peces, mariscos, lobos marinos, pallares, calabazas y zapallos. Además, se sabe que los aldeanos de Chilca desarrollaban complejos rituales funerarios colocando a sus muertos en el subsuelo, al interior de sus mismas habitaciones. Los cadáveres estaban envueltos por esteras de fibra vegetal.

LA ALDEA DE EL ENCANTO

Este sitio arqueológico, ubicado en Ancón (Lima), fue estudiado por Edward Lanning y Michael Moseley. Estos arqueólogos sostienen que sus habitantes eran aldeanos que dependían fuertemente de los recursos marinos y complementaban su dieta consumiendo calabazas y zapallos que cultivaban. También es importante señalar que estos marisqueros y horticultores aún no abandonaban sus cacerías periódicas en las lomas cercanas.

EL ARCAICO SUPERIOR O TARDÍO

Maqueta de la Ciudad Sagrada de Caral.
Fotógrafo: Arturo Gómez.

El Arcaico Superior o Tardío
( 4 000 a.C. – 2 000 a.C. aprox. )
Ver resumen

El desarrollo de la agricultura y el pastoreo revolucionaron las formas de vida en los Andes centrales. Las aldeas crecieron en población, se construyeron nuevas y más sólidas viviendas y centros comunales, se erigieron los primeros centros arquitectónicos monumentales -los templos- y, según los últimos descubrimientos, el primer centro urbano denominado Caral. El Arcaico Superior es el periodo de la Revolución Agropecuaria en los Andes peruanos.

Una característica fundamental de las sociedades de este periodo es la definitiva sedentarización, sobre todo en los pueblos de base agrícola. El arqueólogo Luis G. Lumbreras explica: “Los agricultores deben vivir cerca de los campos de cultivo, para proteger el producto de lo que les había costado trabajo, tiempo y que además les aseguraba su alimento. El campo de cultivo, y la ganadería, son una inversión costosa y –a diferencia de los productos obtenidos por recolección o caza- no se pueden consumir de inmediato; hay que esperar varios meses para que la planta crezca y dé frutos, y varios años para que el crío se convierta en adulto. Se trata pues de un beneficio diferido, es decir que su consumo es muy posterior a la inversión (en trabajo y semillas). Hay que estar cerca del campo de cultivo todo este tiempo y cuidar la germinación y maduración de las plantas; hay que combatir la mala hierba y los animales predadores; y eso ocurre también con los animales”.

El crecimiento demográfico y la complejidad de las relaciones sociales de producción, hicieron que las nuevas tribus sedentarias desarrollen una especialización artesanal, surgiendo los tejedores, escultores, constructores, fabricantes de mates, cestos, sogas, etc. Esto trajo consigo la necesidad de relaciones de intercambio de materias primas y manufacturas entre poblaciones diversas, y el desarrollo de los centros ceremoniales favorecidos por una ubicación estratégica.

Las sociedades del Arcaico Tardío se fueron estructurando progresivamente de acuerdo al papel que cumplían sus integrantes en la producción, control y redistribución de los recursos. En este contexto adquirieron mucho poder los especialistas en observaciones climáticas y administración tribal. Los jefes tribales más exitosos empezaron a controlar poblaciones cada vez más grandes y ricas. El prestigio que les daba el poseer conocimientos ajenos al común de los mortales conllevó a ser reconocidos como seres especiales, dotados de poderes mágicos, en contacto con los entes sobrenaturales que en el imaginario popular controlaban la lluvia, la luz, la tierra, las sequías, la oscuridad, los terremotos; en general: la vida y la muerte.

En el Arcaico Tardío se desarrolla una incipiente forma de organización política: la “jefatura”. Estas eran entidades políticas donde una o dos personas destacadas eran designadas por su comunidad para dirigirla temporalmente. Estos jefes eran necesarios para concentrar y redistribuir los excedentes productivos y para dirigir actividades de cohesión social ( faenas comunales, fiestas y rituales).

Con el tiempo estos nuevos jefes reforzaron los sentimientos mágico-religiosos de los aldeanos (agricultores, pastores, pescadores, artesanos). Idearon complejos rituales, adoptaron suntuosas parafernalias y crearon mitos que justificaban su supremacía, se convirtieron, pues, en “reyes sacerdotes”.

En un inicio los jefes debieron ser elegidos por las comunidades y su autoridad debió temporal y limitada; sin embargo, en algunos casos estos líderes comenzaron a desprenderse del control comunal e idearon y difundieron mitos y leyendas que justificaban un poder semidivino, perpetuo, hereditario. Este proceso iba acompañado de la consolidación de una creciente red de funcionarios que controlaban la fuerza laboral y los excedentes de los aldeanos tributarios.

Federico Kauffman explica que para garantizar el sustento a la creciente población se “requirió entonces una compleja organización del trabajo comunal, bajo formas verticales de gobierno y de administración, que se valían de ideas mágico-religiosas para acrecentar el poder de los mandatarios. De esta manera fue entronizándose la desigualdad social, sin la cual no habría sido posible normar o incentivar la producción de los alimentos. Tanto mandatarios como subalternos desempeñaban una función específica, lo que constituía una forma de especialización del trabajo”.

Fue a fines del Arcaico Tardío cuando se produjo la transición de las sociedades de “jefatura” a los “estados prístinos” o “protoestados”. En estos, el grupo dirigente cuenta con mecanismos ideológicos que justifican y fortalecen una autoridad vitalicia y hereditaria; pero aún carecen de un aparato militar especializado y permanente que se encargue de protegerlo de cualquier amenaza interna o externa.

En el Perú las jefaturas más desarrolladas del Arcaico Tardío como Caral y Chuquitanta pueden ser consideradas como “estados prístinos”. En palabras del antropólogo Fernando Silva Santisteban: “es menos que una línea, un tenue matiz, el que separa a las jefaturas avanzadas de los estados prístinos, y la mejor manera de expresar esta transformación no es como un salto cualitativo o un cambio de una forma a otra forma, sino como la continuidad de una progresión, cuando se consolidan los factores que caracterizan al Estado”.

Las evidencias arqueológicas indican que en el Perú, el Estado, como aparato de gobierno respaldado en una fuerza militar permanente, el ejército, surgió a fines del Periodo Formativo (Paracas, Salinar, Vicus) y se consolidó en el Intermedio Temprano (Mochica, Nazca, Recuay).

Como en otros grandes centros originarios de agricultura en el mundo, en el Arcaico Tardío -“neolítico andino”- también se crearon divinidades con atributos femeninos; es decir diosas. En el Perú los campesinos aún entregan ofrendas a la Mama- Pacha, deidad proveedora de los buenos frutos de la tierra. El culto a la “Madre Tierra” tiene su origen en la invención de la agricultura. En los Andes también se han descubierto estatuillas femeninas elaboradas con diversos materiales. Las más antiguas son de barro secado al sol y proceden de Áspero y Caral, dos sociedades de base agrícola del Arcaico Tardío; los incas representaban a la diosa en estatuillas de piedra y metales preciosos.

Se puede deducir que las poblaciones del Periodo Arcaico poseían mitos de generación y fertilidad y practicaban rituales agradeciendo a la Madre Tierra ser la generadora de la vida y los alimentos. En el pensamiento mágico-religioso de estas sociedades ella era la dadora de los benditos frutos que brotaban de su fecundo vientre. Es evidente la simbología en torno a la reproducción de la vida, de ahí que también es probable que en muchas de las civilizaciones también se adoraban a dioses de atributos masculinos, dioses que fecundaban la tierra, dioses del agua y del rayo. Estos atributos, en el mundo andino, están asociados al poderoso dios Wiracocha, de gran difusión a partir del Periodo Formativo.

Es muy probable que en el Arcaico la preeminencia de lo femenino en lo divino hay sido a la vez un reflejo de lo que pasaba en la vida aldeana, en la sociedad tribal; es decir, las mujeres hayan detentado la dirección de sus pueblos. Sin embargo, si esto ocurrió debió ser por pocos milenios. En el Periodo Formativo, con el desarrollo de la agricultura de regadío, la necesidad de conseguir y controlar tierras fértiles y el acceso a las fuentes de agua, dio origen a violentos enfrentamientos que colocaron a los hombres en un rol protagónico en sus pueblos y relegaron a las mujeres. Cuanto mayor era el nivel de excedentes producidos y riqueza acumulada, más difícil era mantener la paz, sobre todo a nivel externo. La guerra por el control de los medios de producción, principalmente la tierra, el agua y la fuerza de trabajo, fortaleció al sexo masculino; principalmente a los jefes religiosos que se convirtieron en reyes sacerdotes-guerreros, como en las culturas del Periodo Intermedio Temprano.

Es importante también, conocer los criterios que usan los arqueólogos para establecer el nivel de sedentarización de un grupo humano y ubicarlo en el Arcaico Superior. El especialista Peter Kaulicke explica: “La modificación de la superficie ocupada permite determinar el tipo de ocupación. Así, una estadía prolongada se refleja en la calidad o durabilidad de las viviendas construidas y en las modificaciones de estructuras requeridas por el uso, probablemente acompañadas por un crecimiento del sitio, en relación con el número de viviendas ocupadas simultáneamente. Una serie de instalaciones secundarias, de diferentes formas y dimensiones, estaría normalmente asociadas a las viviendas, en forma de hoyos o construcciones adosadas, así como los implementos o artefactos desde piezas de desgaste (productos de los desechos de talla) hasta objetos pesados como batanes. Finalmente, los miembros del grupo social se encuentran enterrados dentro o en la cercanía de las viviendas, En suma, la arquitectura del espacio ocupado es el mejor indicador del grado de permanencia en el lugar”.

También lee: 

EL HOMBRE DE CERRO PALOMA

Viviendas de Cerro Paloma. Dibujo: Santiago Agurto

El hombre de Cerro Paloma

El hombre de Cerro Paloma vivió en una aldea ubicada cerca de Pucusana (sur de Lima). Aquí el arqueólogo Federico Éngel desenterró viviendas de pobladores sedentarios que usaban bloques de piedra y barro en sus construcciones. Su antigüedad aproximada es de 4000 años a.C.

La mayor importancia de este sitio arqueológico está en sus recintos de servicio público. Construcciones no usadas como viviendas domésticas, sino como centros destinados a un grupo dirigente que planificaba las tareas agrícolas o artesanales y que convocaba y organizaba a los aldeanos que las ejecutaban.

Recinto público cuadrangular de Cerro Paloma. Dibujo: Santiago Agurto

Las evidencias arqueológicas sugieren el inicio de una jerarquización social que, con el incremento del excedente productivo, el crecimiento demográfico y la especialización artesanal, se hizo cada vez más compleja.

EL HOMBRE DE HUACA PRIETA

El descubrimiento de Huaca Prieta, en 1946, es un hito fundamental en la historia de la arqueología peruana. Por primera vez se reconocía la existencia de un periodo de agricultores pre-cerámicos que construían habitaciones semisubterráneas, practicaban el arte textil y utilizaban mates pirograbados unos 2500 años a.C. Los restos arqueológicos más antiguos descubiertos hasta entonces no sobrepasaban los 1200 años a.C. y eran asociados a la Cultura Chavín. Huaca Prieta conmocionó la cronología arqueológica peruana. Además, sus restos fueron los primeros en ser sometidos a la novedosa técnica del Carbono 14, para precisar su antigüedad.

Huaca Prieta se ubica a 5 kms al norte de la desembocadura del río Chicama, provincia de Ascope, departamento de La Libertad y fue descubierta por un equipo de arqueólogos encabezados por Junius Bird.

El conjunto consta de pequeñas casas de piedra y barro semi-subterráneas, cuadradas u ovaladas, con estrechas entradas y escalones de acceso. Se encontraron artefactos líticos, restos de pallares, frijoles, calabazas, zapallos, y de abundantes recursos marinos. También se encontraron 33 esqueletos en posición flexionada cubiertos con esterillas.

Los hallazgos más importantes corresponden a los restos de tejidos de algodón que contienen bellas representaciones iconográficas. Es famosa la imagen del Cóndor de Huaca Prieta con una serpiente enroscada en el estómago. También destaca la imagen de la serpiente bicéfala estilizada con formas geométricas. Estos tejidos se realizaban con las técnica del entrelazado , aún se desconocían los telares.

Asimismo, es famoso el mate pirograbado decorado con incisiones que dan forma a un rostro felínico antropomorfizado. Eran utilizados como vasijas o recipientes ante el desconocimiento de las técnicas alfareras propias del periodo Formativo.

EL TEMPLO DE EL ASPERO

En la desembocadura del Río Supe, al norte de Lima, se ubica este centro ceremonial que tiene como descubridor y principal estudioso al arqueólogo Robert Feldman.

Consta de varios recintos piramidales rodeados de terrazas y plazas construidas con muros de piedras superpuestas unidas con barro. Destaca la “Huaca de los Ídolos”, donde se descubrieron estatuillas femeninas de barro ligadas al culto a la fecundidad. También la “Huaca de los Sacrificios” donde se encontraron esqueletos humanos que fueron parte de complejos rituales propiciatorios de la productividad.

LA CIUDAD SAGRADA DE CARAL

A 20 kilómetros del mar, en el valle de Supe (norte de Lima), un equipo de arqueólogos, dirigido por Ruth Shady Solís, inició en 1994 una serie de excavaciones e investigaciones cuyas conclusiones sorprendieron al mundo arqueológico internacional: Caral, con sus 65 hectáreas de construcciones monumentales, es la ciudad más antigua América.

El conjunto ceremonial consta de seis pirámides la mayor de las cuales tiene 18 metros de alto. Además, se descubrió un gran “anfiteatro” donde se realizaban grandes ceremonias religiosas públicas y un “altar del fuego sagrado”, posiblemente de acceso restringido.

Las evidencias arqueológicas indican que Caral fue la sede de un “estado prístino”, donde se realizaban actividades gubernamentales, religiosas, administrativas, artesanales e inclusive comerciales. A nivel socio-político, Caral fue una sociedad con sectores sociales diferenciados de acuerdo a su papel en la producción, control y distribución de los excedentes. Esta sociedad era dirigida por autoridades permanentes (sacerdotes- astrónomos especializados) que contaban con un eficaz medio de control coercitivo ideológico y religioso.

La base productiva estaba conformada por los ayllus –comunidades- dedicados principalmente a la agricultura. Esta actividad tuvo gran desarrollo gracias a la construcción de una red de canales de regadío. En los campos agrícolas del valle de Supe se producía, principalmente, algodón, calabaza, zapallo , frijoles, camote, ají y pacae.

Se sabe que los habitantes de Caral aun no conocían las técnicas de cerámica, pero eran excelentes fabricantes de mates, y sobretodo de tejidos y redes de pescar. El cultivo de algodón y la fabricación de tejidos de calidad, habrían convertido a esta ciudad arcaica en un gran centro manufacturero y núcleo de una amplia red mercantil interregional.

Otro descubrimiento importante del equipo dirigido por la Doctora Shady es el conjunto de flautas traversas, instrumentos musicales hallados muy cerca del Anfiteatro. También destacan las estatuillas de ídolos femeninos, posiblemente vinculadas a la Pacha Mama, divinidad agrícola de gran difusión en el mundo andino.

Los fechados radiocarbónicos publicados en el año 2001 arrojaron una antigüedad de 2 600 años a.C. convirtiendo a Caral en la “cuna de la civilización andina”. Esta ciudad sagrada fue contemporánea a otros grandes centros urbanos del mundo antiguo como Ur y Uruk, en Mesopotamia; y Tinis y Menfis, en Egipto. Estas ciudades se desarrollaban hace 4 500 años, en los albores de la civilización mundial.

Ruth Shady escribe: “Hace 5 millones de años que los seres humanos iniciaron el poblamiento del planeta, pero sólo 5 mil años atrás empezaron a construir centros urbanos y a integrar redes de interacción a largas distancias. Seis sociedades en todo el mundo pudieron cambiar sus modos de vida y generar las condiciones que hicieron posible la civilización, el Estado y la formación de las ciudades: Mesopotamia, Egipto, India, Perú, China y Mesoamérica. Es importante conocer cada una de estas civilizaciones porque ellas influyeron en el desenvolvimiento de otras poblaciones contemporáneas y tuvieron un rol fundamental en el desarrollo de las sociedades que las sucedieron en el tiempo. Pero a diferencia de las civilizaciones del viejo mundo, que mantuvieron entre ellas un sistema de interacción e intercambio de bienes y conocimientos que les permitió aprovechar de las experiencias del conjunto, en el Perú el proceso se dio en total aislamiento, pues Caral se adelantó en, por lo menos, 1 500 años a Mesoamérica, el otro foco civilizatorio del Nuevo Continente” (9).

A fines del año 2005 la arqueóloga Ruth Shady anunció el descubrimiento de un quipu en las ruinas de Caral, que según todas las evidencias, corresponde al auge de esta famosa Ciudad Sagrada, unos 2500 años a.C. Este descubrimiento revolucionará el estudió de la historia andina. Los quipus son ramales de cordeles y nudos de diferentes formas y colores que se utilizaban para guardar la contabilidad de las poblaciones y recursos, en el antiguo Perú. Se sabe que también servían para guardar memoria de hechos de la historia sagrada y real en el Imperio de los Incas. El quipu que se consideraba más antiguo, data del año 600 de nuestra era. El hallazgo del “Quipu de Caral” ratifica el alto grado de desarrollo cultural de nuestros ancestros del Arcaico, a la altura de los grandes focos civilizatorios del planeta.

TEMPLO DE BANDURRIA

Plaza circular hundida en Bandurria.

El templo de Bandurria

Este yacimiento arqueológico se ubica a 10 kilometros de Huacho (norte de Lima), cerca del mar, las lomas y una albufera, ricos en flora y fauna costeñas. A fines del 2005, un equipo dirigido por el arqueólogo peruano Alejandro Chu desenterró en Bandurria un conjunto de viviendas de piedra y barro que formaron parte de una gran aldea de pescadores y marisqueros. La antigüedad de los restos es de 2 500 años a.C. Poco después se confirmó el hallazgo de un centro ceremonial con plaza circular hundida. La construcción piramidal era la residencia del grupo dirigente que administraba la región de Huacho y oficiaba importantes rituales para los dioses.

El hallazgo ha sido resaltado por la arqueóloga Ruth Shady, quien plantea que los hombre de Bandurria abastecieron de recursos marinos a la Ciudad Sagrada de Caral. Hay indicios de caminos que conectan Bandurria con Caral. Además, los habitantes de litoral huachano usaban canastas y bolsos de junco y totora para transportar el pescado y los mariscos a grandes distancias.

En Bandurria también se han desenterrado tres esqueletos humanos envueltos en fardos de esteras y telas con grandes piedras encima. Los restos hallados cerca de los pescadores (instrumentos, redes, sogas) evidencian que también fueron hábiles artesanos y comerciantes.

TEMPLO DE CHUQUITANTA

Ruinas de Chuquitanta (Unidad I). Al fondo el valle del Chillón.
Foto: Arturo Gómez.

El Templo de Chuquitanta de 1800 a.C.

Este centro ceremonial, llamado también como El Paraíso fue descubierto por Federico Engel en 1965 cerca de la desembocadura del río Chillón, en el distrito de San Martín de Porres, Lima.

Chuquitanta fue un centro religioso, político y administrativo de una sociedad de agricultores y pescadores en las postrimerías del Periodo Arcaico Tardío. El sitio arqueológico tiene una extensión de 50 hectáreas, consta de nueve grandes estructuras con una gran plaza ceremonial en la parte central. El templo principal (Unidad I) tiene más de 400 metros de largo, 100 metros de ancho y sus paredes de piedra, alcanzan hasta 5 metros de altura y en su etapa de apogeo, unos 1 800 años a.C. estaba enlucida y posiblemente con murales policromados.

El Templo del Fuego de Chuquitanta de 3000 a.C.

A comienzos del 2013, un equipo de arqueólogos, encabezados por Marco Guillén, descubrieron un centro ceremonial de 5000 años de antigüedad en el sitio arqueológico de Chuquitanta o El Paraíso, en San Martín de Porres, Lima. El hallazgo ha sido denominado "Templo del Fuego", por el fogón central donde los ancestros quemaban sus ofrendas a los dioses.

Guillén informó que el "Templo del Fogón" consta de una planta rectangular de 8 metros de largo por 7 de ancho. Tiene un único acceso de medio metro de ancho y un piso a desnivel de forma rectangular. En el centro se encuentra el fogón ceremonial. Los muros de piedra están enlucidos y pintados con amarillo y rojo.

El fogón del Templo del Fuego de Chuquitanta es idéntico al de otros importantes centros ceremoniales del periodo Arcaico Tardío, como Caral (Lima), Kotosh (Huánuco) y La Galgada (Áncash), todos con una antigüedad aproximada de 3000 años a.C.

Antes del reciente hallazgo, Chuquitanta o El Paraíso era conocido principalmente por una estructura de piedras llamada Unidad I. Este templo de 1800 años a.C. fue descubierto por Federico Engel en la década de 1960.

EL TEMPLO DE KOTOSH

A 4 kilometros de la ciudad de Huánuco , en 1935, Julio C. Tello ubicó una antigua huaca que en 1960 excavó un equipo de arqueólogos encabezado por Seichi Izumi descubriendo las famosas y misteriosas “manos cruzadas”, las esculturas más antiguas del Perú.

El sitio arqueológico consta de varias fases de ocupación, de las cuales la más antigua se denomina “Kotosh Mito” al que pertenece el famoso “Templo de las Manos Cruzadas”. El templo fue construido con piedras semilabradas unidas con argamasa de barro. Tiene forma cuadrangular y en su cámara principal cuenta con un fogón cilíndrico que recibía aire a través de ductos de ventilación subterráneos. Los arqueólogos consideran que es muy probable que el fuego haya sido objeto de un culto traído por grupos provenientes de la floresta amazónica.

Las paredes del templo cuentan con nichos u hornacinas trapezoidales debajo de las cuales se logró rescatar dos pares de “manos cruzadas” esculpidas en barro arcilloso y secadas al sol.

El estilo arquitectónico y religioso de Kotosh se difundió en diversas áreas de los Andes centrales dando origen a la “Tradición Religiosa Kotosh" o “Tradición Mito”.
Otros templos contemporáneos que forman parte de la “Tradición Religiosa Kotosh” son: La Galgada y Huaricoto (Ancash), Piruro (Huánuco) y El Áspero (Lima).

TEMPLO DE LA GALGADA

Este complejo ceremonial se ubica en la provincia de Pallasca, al norte del departamento de Ancash. Los arqueólogos Alberto Bueno Mendoza y Terence Grieder ubicaron e investigaron este templo pre-cerámico desde el año 1981.

La Galgada consta de una pirámide escalonada de piedras, barro, cañas y madera. Tiene patios circulares, tumbas y nichos trapezoidales con paredes revestidas de yeso. Característico de este templo son sus plantas cuadrangulares con esquinas redondeadas.

En las tumbas se encontraron 27 esqueletos de personajes ligados a los rituales religiosos.

Como en todos los templos del Arcaico Tardío también se practicaron rituales ligados con el culto al fuego que tenía su altar en la parte central del recinto ceremonial.

En este sitio arqueológico también se descubrió los tejidos más antiguos de la sierra. Se trata de telas de algodón con rica iconografía: variedades de aves y serpientes estilizadas en forma geométrica. La antigüedad promedio de todas éstas evidencias arqueológicas es de 2 300 años a.C.

TEMPLO DE HUARICOTO

Este templo de origen pre-cerámico fue descubierto y estudiado por Richard Burguer en la provincia de Carhuaz, en Ancash. Burguer ubicó varias fases de ocupación. La más antigua, la fase Chaukayan, corresponde a la Tradición Religiosa Kotosh del Arcaico Tardío.
La estructura principal cuenta con un fogón central alrededor del cual se practicaban complejos rituales religiosos a cargo de los sacerdotes astrónomos que dirigían esta sociedad de economía agrícola y pastoril.

TEMPLO DEL PIRURO

Este templo también presenta todas las características de la “Tradición Religiosa Kotosh”. Se ubica en el valle de Tantamayo, provincia de Huamalies, departamento de Huánuco. Su descubridora y principal estudiosa es la arqueóloga Elizabeth Bonnier.

Sus estructuras son de piedra semi-labrada y posee las esquinas redondeadas. Posee un altar y un fogón central donde se realizaban incineraciones rituales a cargo de sacerdotes astrónomos que dirigían una sociedad de agricultores y pastores pre-cerámicos.

SÍNTESIS DE LA ETAPA PRECERÁMICA

Unos dos mil años antes de la era cristiana llegó al Perú, procedente de tierras ecuatoriales una innovación técnica muy importante: la elaboración de cerámica. Con su implantación en el Perú se inicia el Periodo Formativo. El advenimiento de la cerámica contribuyó a que en los Andes Centrales se desarrollen sociedades de compleja organización socio-política y gran refinamiento artístico, las Altas Culturas.

La cerámica llegó al Perú cuando teníamos 5 mil años de economía productiva, con una continua transformación del medio ambiente y un gran desarrollo tecnológico y artístico. En tierras peruanas ya se desarrollaba agricultura de regadío, existían impresionantes pirámides escalonadas donde residían reyes sacerdotes, expertos astrónomos y eficientes administradores.

Los aldeanos se organizaban en ayllus y desarrollaban faenas comunales dirigidos por sus respectivos jefes o curacas. Existían hábiles artesanos: tejedores, escultores, fabricantes de mates, redes de pescar y ornamentos de piedras y conchas. Los principios de reciprocidad y redistribución regulaban las relaciones socio-económicas y políticas. Las sociedades eran dirigidas por jefaturas o estados prístinos con sede en hermosos complejos urbanos y sagrados.

También se ha constatado la existencia de grandes redes de intercambio. Los centros ceremoniales del Arcaico Tardío, eran centros de peregrinación y de trueque interregional. Fastuosos rituales con ricas ofrendas se realizaban en los centros sagrados como La Galgada, Piruro, Áspero y Caral. Ya se producía la rica mitología, iconografía y tecnología agropecuaria que caracterizaron al mundo andino.

En suma, en el mundo andino ya se habían sentado las bases económicas, políticas, sociales e ideológicas para el desarrollo de las impresionantes civilizaciones que estudiaremos en el siguiente capítulo.